Cada dos años, como bien es sabido, en el Belerma ocurre un acontecimiento que todos esperamos con ilusión; las estrellas se alinean y marcan el momento de realizar nuestra particular peregrinación a Compostela. 

Este año por fin tocaba, y en esta ocasión, setenta miembros de la comunidad educativa de nuestro centro, contando profesores, alumnado y padres y madres de estos, embarcados en dos autobuses, nos desplazábamos hacia Sarria para dar inicio a nuestra travesía. Desde ahí, darían comienzo cinco jornadas a través de las cuales atravesaríamos buena parte de Galicia para alcanzar la Catedral de Santiago de Compostela, donde finalizó nuestra aventura. 

Dado que tengo la oportunidad de escribir una pequeña crónica de este viaje, me permitirán los lectores la licencia de hablar desde mi propia perspectiva. Tengo la enorme fortuna de haber podido realizar por segunda vez este viaje con el instituto. Antes de realizarlo por primera vez, hace dos cursos, mi perspectiva del Camino implicaba que realizarlo solo tenía sentido para mí si salía desde la puerta de mi casa en La Roda, donde me he criado y crecido, o bien realizando por completo y sin interrupción el Camino Francés o el Camino del Norte, por lo que hacer simplemente los últimos 100km, me parecía algo un tanto fútil (insisto, esta perspectiva la tenía, y la mantengo en cierto sentido, para mí mismo; no se me ocurriría cuestionar como ni cuanto debe andar otra persona). 

Sin embargo, recién llegado al centro en aquel momento, y ante el ofrecimiento de José Luis, que es quien organiza y coordina este viaje siempre, surgió la corazonada -es verdad que normalmente no necesito mucho para apuntarme a estas cosas, todo sea dicho-, de que era una oportunidad para conocer al alumnado, que ellos me conociesen a mí, y quizá, empezar a establecer lazos de confianza con ellos que me ayudasen en el día a día en el centro. Y ante ese presentimiento, decidí dejar de lado ese purismo que tenía hacia el Camino, y me apunté “de cabeza”. Creo que fue tal el acierto, que quizá sea una de las cosas que más han marcado mi relación y mi cariño por este centro. Por lo que, y volviendo a lo que aquí nos ocupa, volver a vivirlo, era algo verdaderamente ilusionante. Y esta vez, con la perspectiva de alguien que ya lleva un tiempo en la Ossa. 

1ª etapa: Sarria – Portomarín – 22 km 

Con todos estos pensamientos e ideas, comenzamos a andar el ocho de abril. La primera etapa, de 24km aproximadamente, unía Sarria, nuestro punto de inicio, con Portomarín. Comenzábamos a 115km de Santiago, y al final de la etapa, estaríamos a menos de 100km. Se trata de la etapa en la que más predomina la campiña gallega, la más rural, quizá la que permite disfrutar más de la naturaleza, ya que, entre ambos pueblos, no atravesamos ningún otro núcleo de tamaño considerable, no caminamos junto a carreteras, y la mayor parte de este son caminos de tierra y sendas. 

En el primer día, todos teníamos fuerzas -salvo el que aquí escribe, que sufrió de fiebre buena parte de la etapa-, las vejigas aún eran simplemente una incómoda posibilidad, y la ilusión y las ganas de probarnos y comprobar si seríamos capaces de llegar a Santiago, dominaban el ambiente general. Quizá también influía saber que la recompensa en Portomarín serían unas buenas gachas manchegas, pero creo que eso era secundario. Es en esta etapa donde está también el tramo más técnico de todo el recorrido, una pequeña bajada de medio kilómetro donde es necesario salvar pequeños resaltes rocosos, donde a veces puede ser necesario apoyar las manos, y pisar siempre con firmeza para evitar resbalar en rocas húmedas por la umbría en la que se encuentran. 

Es así como, en poco más de cinco horas, comenzábamos a llegar a Portomarín, entre celebraciones y aplausos por finalizar la primera etapa de un viaje que, cuando empieza, parece mucho más largo de lo que luego resulta.  

Tras la merecida ducha y unos momentos de relajación, tocaba seguir “arrimando el hombro”, pues las gachas no se hacían solas. De esto iba el viaje, a fin de cuentas, de convivir. Que con un poco de trabajo por parte de todos los que estábamos allí se preparase y organizase todo lo necesario para cada día. Y precisamente por eso, las gachas sabían mejor y la ensalada de pasta y huevos revueltos de la cena sentaron tan maravillosamente; porque además de la caminata, era nuestra comida, hecha por nosotros, lo que daba todavía más valor a todo lo conseguido en la jornada. 

El día no se agotaba en andar y preparar comidas. Portomarín, aunque pequeño, permite un paseo agradable, durante el cual lo más importante sin lugar a dudas es buscar una determinada heladería artesana y disfrutar de alguno de los espectaculares helados que ofrece. Lo mejor de todo es que cuentan con locales en Palas do Rei y Arzúa, por lo que el cremoso premio vespertino de otro helado podría disfrutarse en las siguientes etapas.  

2ª etapa: Portomarín – Palas do Rei – 25 km 

Será la cercanía al río Miño -pues Portomarín se encuentra en su misma vega-, pero en esta etapa, durante su primer tramo, la niebla fue la protagonista. No fue un problema, ya que conforme subía la temperatura de la mañana, esta nos permitía mantenernos frescos. Y puesto que hasta O Hospital, el camino marcado discurre paralelo a una carretera que debimos cruzar varias veces, la niebla hacía el paisaje más atractivo, aunque la precaución debía extremarse cada vez que cruzábamos. 

Al alcanzar el Alto del Hospital, donde almorzamos a pesar del malcontento de algún hostelero del lugar, la niebla se despejó, permitiéndonos disfrutar de los rayos de sol y de un paisaje que, tras un rato en ascenso, se hace siempre conmovedor. 

Nos quedaba ya la parte más bonita de la jornada, que discurría ajena a carreteras, aunque siempre con ojo -pues buena parte de estas etapas transcurren por zonas donde el tráfico motorizado está permitido-, y sin olvidarnos de ir sellando nuestra acreditación, pues sería la que nos permitiese demostrar el camino que habríamos recorrido al llegar a Santiago para obtener nuestra Compostella (que no compostelana, como habitualmente decimos). 

Ya en Palas do Rei, es necesario mencionar el suculento arroz caldoso que Alfonso nos preparó -con ayuda del grupo de padres y madres a quienes correspondía ese día preparar la comida-, y que hizo las delicias de todos, especialmente de los que repitieron un segundo plato. 

Alfonso y Elena, preparando el exquisito arroz.

Y mientras algunos decidieron reposar la comida con una buena siesta, Juanan, nuestro profe de Tecnología, decidió coger su guitarra y amenizar las idas y venidas de todo el que pasaba junto a él o decidía sentarse a su lado. La tarde fue de música, pues tras merendar un buen helado -aunque no de nuestra heladería gallega favorita, pues habían cerrado en Palas-, disfrutamos de un buen rato con un bingo musical, organizado por Elena, nuestra profe de Inglés, , que tanto ha gustado entre profes, alumnas, alumnos e incluso madres y padres. 

La cena prácticamente había quedado preparada durante la tarde, gracias a la labor incansable de padres y madres, y esa noche pudimos disfrutar de una ensalada de patatas y salchichas con las que irnos a descansar saciados y recargados para la tercera etapa. 

3ª etapa: Palas do Rei – Arzúa – 30 km 

El ecuador de nuestro Camino es también la etapa más dura, pues acumula la mayor distancia que cubriremos en una sola jornada, superando los 30 km. Fue también el día de más calor que tuvimos, precediendo al cambio meteorológico que se avecinaba y que hizo de los dos últimos días algo distinto a los tres primeros. 

Sabiendo que la distancia del día podía suponer un verdadero reto mental y físico, la decisión de madrugar un poco más fue bien recibida, lo cual nos permitió llegar a Melide, donde almorzamos, con tiempos verdaderamente rápidos. Éramos setenta personas, ¡pero nadie tenía pensado quedarse atrás! Para que los osseños les digan luego a los bonilleros… 

En cualquier caso, para desgracia de muchos, no había tiempo de disfrutar del pulpo de Melide, pues el calor empezaba a apretar, y quedaban otros 15 km más, y más duros por las rampas que esperaban en el tramo final.  Aunque algunos decidimos que lo mejor era llegar lo antes posible, otros, con no menos acierto, pararon a refrescarse a la orilla de un río antes de la última subida, calmar un poco los pies, y afrontar con ánimos renovados el final de la etapa. 

Ese día, nos esperaban unas buenas lentejas para comer, que fueron recibidas de la mejor manera, tras la caminata realizada. Y menos mal, pues no suficiente con la aventura del mismo camino, tras estar completamente acomodados en el albergue, ¡descubrimos que había chinches! Aunque por suerte, y ante la magnífica disposición de todos, un problema que quizá habría aguado la fiesta a más de uno, se pudo resolver con relativa facilidad, sin que los hemípteros llegasen a molestar a nadie más allá de encontrar a unos pocos individuos dispersos. Lo cual, además, no nos quitó el hambre durante la cena, que ese día fue en un concurrido y simpático bar cercano al albergue. 

Arzúa era el último pueblo en el Camino donde poder disfrutar de esos helados artesanos tan deliciosos que vengo mencionando todo el tiempo. Necesito decir que allí disfruté de un helado de chocolate negro con queso azul que, creo, ha elevado demasiado mi estándar de lo que debe ser un buen helado. Un mes después todavía no me he recuperado de ello. 

4ª etapa: Arzúa – O Pedrouzo – 23 km 

Para la cuarta jornada, el día nos recibió lloviendo. Dejábamos atrás las chinches y nos recibían el agua y el frío. Sin embargo, precisamente por ello, diría que resultó la ruta más especial y bonita de este Camino. Buena parte de lo andado transcurrió con bajas temperaturas, mientras el orballo gallego caía sobre nosotros sin parar. Por alguna razón, el gris del cielo permite que el verde de los campos se observe con más fuerza que bajo el sol. Incluso Chloe y Johansson, nuestros auxiliares de conversación irlandeses de este curso -que no quisieron perderse la experiencia-, llegaron a decir que parecía que se hubiesen transportado a Irlanda ese día.  

El frío nos obligaba a movernos con rapidez, y durante una hora y media donde nadie habló mucho, decidimos que la mejor idea era entrar a un bar, sellar nuestra acreditación, y tomar un buen café caliente, que algunos acompañaron con algún tentempié más energético, ya puestos. 

El día fue cambiando, y lo que empezó nublado, frío y lluvioso, terminó soleado y con una temperatura estupenda. Aunque dormimos en O Pedrouzo, se decidió avanzar algo más andando, hasta una pequeña aldea llamada O Amenal, a poco más de 15 km de Santiago. Desde allí subimos al autobús para ir al albergue, unos kilómetros más atrás. El objetivo residía fundamentalmente en acortar algo la distancia del último día para llegar sin problemas a la Misa del Peregrino y poder disfrutar de Santiago con algo más de tiempo. 

Así, llegamos al albergue de ese día, un alojamiento que nos resultó maravilloso, y más tras la experiencia del día anterior. Tocaba una buena ración de macarrones con atún y tomate, ideales para reponer hidratos ante la jornada realizada, e ir preparando el cuerpo para el último día. Y en menos de que nos dimos cuenta, como ha sido constante en todo el viaje, nuestras madres y padres, ya tenían también preparada la cena, que consistió en una estupenda ensalada de arroz y un par de sándwiches.  

Fue una tarde para hacerse con pequeños recuerdos de la experiencia que estábamos viviendo, tomar algo juntos, con un ambiente más festivo que el habitual, pues estar tan cerca de Santiago ya sabía a reto conseguido. Y entre todo ello, fue posible un concierto en el que el talento de Juanan a la guitarra y Gabriela con su voz nos hicieron disfrutar de lo lindo. Recordad, tened músicos cerca, siempre son necesarios. 

Tocaba acostarse temprano, pues en el último día había que madrugar. Estábamos preparados para llegar a Santiago.  

5ª etapa: O Pedrouzo – Santiago de Compostela – 15 km 

La última etapa es quizá la que más sensaciones distintas puede transmitir. Por un lado, nos enfrentamos al final del viaje, lo cual siempre entristece en cierta manera. Por otro, la ilusión de llegar a la Plaza del Obradoiro.  

Ya en O Amenal de nuevo, comenzamos a andar, cuesta arriba, en la que sería la última rampa dura que nos quedaba. Ese primer tramo hasta finalizar la rampa, con el camino hundiéndose hasta dos metros entre el suelo que sostiene los árboles en la zona, con los búhos ululando y la noche aun envolviéndonos, era digno de un cuento de fantasía.  

Pero duró poco la ensoñación, pues al coronar la rampa y tomar algo de aire -para variar, llevábamos un paso endiablado, en parte por el frío de la mañana-, tocaba rodear el aeropuerto de Santiago y entrar en zonas menos campestres, mucho más pobladas y menos placenteras a la vista. En cualquier caso, el ánimo estaba por las nubes, y lo bueno de Galicia es que da igual que estés entrando a su ciudad más poblada, siempre hay pequeños rincones que recuerdan que estás en una comarca que destila tradición, historia y cercanía a la tierra.  

Antes de que nos diésemos cuenta, alcanzábamos el Monte del Gozo, y por fin vimos por primera vez la Catedral de Santiago. Paramos lo justo para disfrutar del espacio abierto que permite el monte, almorzar rápido y seguir hacia el centro de la ciudad. Y así, en poco menos de otra hora de camino, nos encontrábamos en la Plaza de Cervantes, donde nos reunimos todos para acabar el Camino juntos.  

Aquí llega uno de los momentos más emotivos de todo el viaje, y que, como profesor en el centro, más bonito me parece de contemplar. Y es ver a padres y madres, todos ellos, entrar junto a sus hijos, algunos incluso de la mano, a la Plaza del Obradoiro. De ver la alegría que muchos sienten ante el objetivo conseguido y la meta alcanzada. Y de que todos hayamos participado de ello. 

Todos juntos en la Plaza del Obradoiro.

Tocaban las fotos de rigor ante la fachada principal de la Catedral, pero sin mucho entretenimiento, pues quedaba asistir a la Misa del Peregrino, de la cual debo decir que fue un verdadero bálsamo, y una oportunidad maravillosa para empezar a interiorizar qué nos había dado este Camino a cada cual. Los salmos cantados hacían que olvidases el cansancio, e incluso fue posible contemplar el encendido y el espectacular vuelo del botafumeiro. 

La tarde en Santiago se fue en menos de lo que nos dimos cuenta: acomodarnos en el albergue, dejar la ciudad sin existencias de tartas de Santiago, hacernos con más recuerdos del viaje y, como no, disfrutar de lo conseguido con los compañeros de todos estos días. Y así siguió la cena, en la que, por supuesto no faltó pulpo a feira, raxo y otros platos típicos gallegos. Quedaba una cosa por hacer juntos, y era obsequiar a José Luis con una concha de bronce del Camino -de esas que encontramos a la entrada de Santiago-, por el esfuerzo que supone organizar y coordinar un viaje tan ambicioso como este, en el que todos los días es necesario “apagar fuegos”, resolver problemas, y en los que, cuando llegan los momentos de descanso para todos, es necesario que alguien siga vigilando que todo avanza como debe. 

Las conchas del Camino.

Y así, con un pequeño detalle que pretende decir mucho, terminó nuestro Camino. Solo quedaba despedirse de Santiago en la noche, ya vacías sus calles de peregrinos, y soñando con quizá volver a andar lo andado; ya que el Camino tiene eso, que, aunque acabe, sientes que debes volver a hacerlo. 

Una reflexión final 

La clave de este viaje tan especial que organiza el Belerma no es simplemente andar, sino convivir. Consiste en organizarnos, en entendernos y en colaborar continuamente. De estar en todo momento disponible para ayudar a hacer desayunos, almuerzos, comidas y cenas, de distribuir a nuestros compañeros en los albergues y las habitaciones, de comprar lo necesario para que no falte de nada al día siguiente, de curar vejigas, de hacer masajes a los que lo necesitan, de hacer música para que el cansancio sea más leve, de dejar un poco al lado al individuo, y centrarnos en el grupo y, en definitiva, de cuidarnos unos a otros.  

Al principio hablaba de cómo me he planteado siempre el Camino. Si vas en busca de introspección no se me ocurre otra forma que hacer una distancia lo más larga posible. Pero ahora me queda claro que hay más formas de hacer el Camino. Y una es esta. Dejar un poco de lado esa introspección -para la que también ha habido tiempo-, en pos de algo igual de importante y fundamental, que es la forja de vínculos, la construcción de lazos afectivos, y, en definitiva, hacer comunidad. 

Ángel Domingo Collado 
el profe de biología 

Compartir :